María ya es Madre de Dios, están cumplidas las promesas, la eternidad irrumpe en el tiempo, el Verbo se hace carne. Sobre el horizonte de las melodías celestiales, la acción de gracias de la Iglesia recoge el júbilo de Isabel: “¡Feliz la que ha creído! ” (Lc 1,45). En ese día santo, la historia aparece tejida con el hilo colorado de la fe de los patriarcas. Porque de generación en generación esa fe iba preparando la virtud del que sería el esposo de María, la virtus de aquel que había de ser el vir según el corazón de Dios (cf. 1S 13,14), de José hijo de David, cuya alianza con la Virgen era necesaria para que Ella se entregara plenamente a la maternidad divina.

¡Bienaventurado San José, esposo de María en quien se cumple la fe de los hombres, bienaventurado San José, esposo de la fe!