Al recorrer la larga genealogía del Evangelio de San Mateo, el lector se ve forzado a adoptar el amplio y apresurado paso de la Sabiduría que se precipita escala abajo por los peldaños del tiempo hasta su meta que es la unión de María y de José, sin detenerse a contemplar ningún rostro, porque engendrar es transmitir la vida sin descanso, a toda prisa, como se transmite un efímero tesoro. Todo conduce a José, todo culmina en María.

Pero el caso es que no se nos presenta a la Sagrada Familia como una anomalía en el proceso de transmisión de la vida. San Mateo nos da a comprender que a los frágiles engendramientos viene siguiendo una generación nueva. Al lector le es dada la explicación al final del final de la historia, en la figura del otro José, el de Arimatea “que había sido hecho también discípulo de Jesús” (Mt 27,57). En los relatos bíblicos, la voz pasiva revela la acción de Dios. De modo que si el esposo de María no es quien engendra a Jesús, sí es el primero en experimentar la generación nueva en el Espíritu Santo gracias a su obediencia a la palabra (cf. Mt 1,24 ; 12,50).

Desde ese momento, la genealogía liminar revela que San José inscribe a Jesús en medio de la familia humana, y que Jesús hace de San José el primer hijo de la Iglesia.