A los niños les encantan las historias que les cuentan sus padres: ellos se entregan a los relatos de cuando los mayores eran jóvenes, a las peripecias de la familia de las que solamente se acuerdan los abuelos. Gracias a ello, al ir descubriendo de qué manera ellos mismos se colocan dentro de un relato familiar, así es cómo los niños reciben y van edificando su propia identidad.

Asimismo, María y José tuvieron que transmitir a Jesús el relato de la historia de la familia: el censo, el viaje a Egipto cuando Él era muy pequeño, la llegada a Belén, y cuando se instalaron en Nazaret, hablándole también de Ana, de Joaquín, de Zacarías e Isabel, y de muchas otras figuras ancestrales de une genealogía que se remontaba hasta Adán.

No obstante, más extraordinaria que cualquier otra misión fue la de María y José, porque mientras ayudaban a Jesús a que se colocara personalmente dentro del relato familiar, al mismo tiempo debían despertar en Él la conciencia de que Él mismo estuvo presente en cada generación, mucho más allá de la memoria de sus abuelos. Esa educación _ única _ hizo que Jesús tuviese ese incomparable talento para contar parábolas: porque dichas parábolas tienen el poder de despertar en los oyentes la conciencia de que preexiste la Alianza a la que cada hombre es llamado para ocupar su lugar en ella.

Tal como hizo José, Jesús cuenta historias que revelan cómo, de generación en generación, está obrando la Sabiduría, y que abren los corazones al eterno amor del Padre. Historias que nos hacen hijos.