El silencio que envuelve a San José es el mismo que el que envuelve sus actos: poco sabemos de lo que él hiciera. De ahí que algunos imaginen _ sin reflexionar _ que sus títulos de santidad los debe a sus buenas relaciones sociales. Algo así como si, tras haber sido declarado príncipe por heredad, se le hubiera declarado santo por haber contraído un matrimonio de alto rango.

Otra cosa dice el Evangelio: lo declara “hombre justo” (Mt 1,19). En efecto, la tradición bíblica declara “justo” a quien sea considerado prefecto en las tres actitudes fundamentales de la Sabiduría, es decir: escuchar, guardar la Palabra y ponerla en práctica. Excepcional fue San José en todo ello. Pues en lo más hondo del sueño percibe con toda claridad la palabra del mensajero angelical (cf. Mt 1,20); es “custodio del Redentor“, del Verbo hecho carne (San Juan Pablo II); y por fin afirma el evangelista que San José actúa conforme lo que prescribe la Palabra (cf. Mt 1,24).

Por todo ello es auténtica la santidad de San José, además de no tener comparación con ninguna otra por estar supeditada a la llegada del Verbo eterno a nuestra carne.