En Nazaret se habla lo imprescindible : el amor está oculto. Muchas veces es como un juego que aumenta la dicha que experimentan quienes se encuentran (cf. Ct 1,2-7) ; pero sobre todo es la voluntad más profunda y explícita de Jesús : « quiero que dondequiera que yo esté, también estén ellos conmigo » (Jn 17, 24). La Segunda Persona se esconde en lo humano para que lo humano se suma en lo más hondo de la Trinidad, ahí donde desde la eternidad está oculto el Verbo ; así es la encarnación redentora. Pues la resurrección no es otra cosa sino estar oculto en la Persona de Cristo : « habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios » (Col 3,3).

Por lo tanto el hombre se tiene que enfrentar con una doble ceguera : la ceguera nacida del pecado le impide ver lo invisible. Así mismo aparece el Ecce homo : el hombre desfigurado por el pecado, y el rostro despreciado ocultando la gloria de Dios.

Pero, gracias a Dios, la vida oculta es revelada singularmente a pequeños (cf. Mt 11,25). Pues el misterio del amor del Padre se deja ver en la manera con la que San José se oculta, en cómo la Inmaculada Concepción creada revela a la Inmaculada Concepción no creada, y en cómo el suave rostro del Niño ofrece a nuestra adoración el desconocido rostro de Dios. Así es cómo, de rodillas ante el Santísimo Sacramento, se prepara mejor la Semana Santa : en breve tendremos que reconocer en la abertura del costado, en las heridas del resucitado, la puerta abierta hacia el misterio del amor oculto.