La sabiduría de San José se basa en el silencio. Observa el silencio, calla, calla tú mismo. Esto significa guardar silencio sobre lo superficial y escuchar sólo lo esencial.

Silencien los ruidos apasionados y escuchen sólo el canto del Espíritu. En los tormentos de la pasión, di a ti mismo: “No es nada, soy yo otra vez”. Entonces deja en silencio el ego y regresa al Amor. Adorar a Dios porque es Dios y dejarse contemplar por él. Conmovido por nuestra miseria, el Señor Jesús disipa nuestras tinieblas a través de su contemplación, como sana a Pedro fijando su mirada en él (cf. Lc 22, 61).

Porque es el mejor iniciador del silencio, San José puede ser el arquitecto de nuestras conversiones. A su lado crecía el deseo de la auténtica nobleza del silencio consigo mismo. José está atento al Niño, en todo momento. El silencio de San José expresa una conciencia incesante de la mirada de Jesús sobre nosotros. Esta sola mirada nos lleva del burbujeante “¡Daré mi vida por ti!“(Jn 13,37) al humilde “sabes bien que os te amo” (Jn 21,17).