Jesús no viene al mundo para condenarlo sino para salvarlo (Jn 3, 17). No obstante, el espíritu del mundo rechaza al Espíritu de Jesús y fríamente lo condena. Tampoco los príncipes del mundo toleran a Jesús y su realeza, y los condenan con máxima crueldad. Por cierto, a Herodes le encanta escuchar a Juan Bautista, pero las conversaciones de todos ellos no son sino una tregua antes de la condena, tan inevitable como la masacre de los Inocentes. Entonces es cuando Cristo se revela abiertamente, y hasta incluso en la humilde sinagoga de Nazaret, inevitable es la condena (Lc 4, 16-30).

Una excepción, sin embargo : la Epifanía. Por medio de los Reyes Magos, le rinden homenaje las naciones, y cogen el camino de la conversión. Pues solamente ellos, gracias a San José, encuentran a Jesús. Porque entran en la casa cuyo custodio es San José (Mt 2, 11), tras recibir el mandato divino en el país de los sueños cuyo dueño es José (Mt 2, 12.13), y sin decir palabra se « retiran », exactamente de la misma manera con la que José se marcha a Egipto (Mt 2, 12.14).

San José, invisible protector de nuestras cuaresmas, guíanos hasta la adoración, fuente de conversión.