La Pasión del Señor es el tiempo misterioso durante el cual Jesús entra en el silencio. Desde entonces, solo enseña por sus actos. José, llevado por toda su vida hacia los tesoros de la interioridad entrevé sin pena lo esencial de esta revelación. José presiente la Pasión de su Hijo como un misterio de unión con el Padre, y como un sufrimiento interior. Esta disposición es primordial. Si no es interior en primer lugar, La Cruz es aplastante. La Cruz es un misterio de amor, por eso es un misterio de interioridad. No se ve su verdadera naturaleza en los latigazos, sino en el corazón destrozado de Nuestro Señor. Este desgarro revela el de Nuestro Padre del Cielo al ver el sufrimiento de sus hijos presos del pecado, y de la muerte. Este desgarro es el del corazón de José cuando contempla por adelantado el calvario de su Hijo.

San José, hombre justo, es decir perfectamente ajustado con Dios, perfectamente ajustado con la Cruz, conoce esta Cruz por adelantado porque la descubre interiormente. José espera con todos los hombres el perdón de su Hijo, pero con su Hijo, abraza la Cruz que facilita este perdón.