Cada ano, para las fiestas, hacian el viaje de jerusalen. Solemnidad llena de blandura, ella veía nacer largas columnas de pelegrinos entonando series enteras de salmos. “Yo me alegré con los que me decían: A la Casa del SEÑOR iremos” (Ps 121,1) “Bienaventurado todo aquel que teme al SEÑOR, que anda en sus caminos” (Ps 127,1).

Bajo el sol de Galiléa, Idumea, de Judaea, a través colinas y valles, juntaban sus vozes en una única alabanza.

“El SEÑOR será tu sombra a tu mano derecha” (Ps 120,5) “Grandes cosas ha hecho el SEÑOR con nosotros” (Ps 125,3) “El SEÑOR guardará tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre” (Ps 120,8).

La felicidad de caminar en familia durante varios días, l’alegria para hermanos de quedarse juntos, tenían gusto infinito. Marcando su deseo de volver a Dios, caminaron hacia la ciudad del Eterno: “Allá subieron las tribus, las tribus de JAH, el testimonio a Israel, para alabar el Nombre del SEÑOR” (Ps 121,4)

San Jose, como cada ano, estaba llevado. Miraba Jesus y rezaba: “Demandad la paz de Jerusalén; sean pacificados los que te aman” (Ps 121,6)