Tras la fascinación de la noche luminosa de Navidad y la sorprendente visita de los Magos, necesitó ceder al claro-oscuro de la vida oculta. Nada podía hacer distinguir ese bebé de otro bebé, ni ese niño de otro pequeño de su edad. Pero cada mañana, día tras día, renovaba su acto de fe, abría su corazón a la gracia divina que le hacía “ver” más allá de las apariencias y discernir la gloria de Dios que iluminaba la humanidad de este Infante abandonado en sus brazos.