San José, ¡Ni se imagina la atención que debía prestar Jesús al escucharte leer los escritos de los profetas! Sus grandes ojos fijaban los tuyos con intensidad, y a la vez escrutaban más allá, más profundo, hasta llegar a la Fuente del versículo que decías.

Cuanto más escuchaba la Palabra inspirada, más se daba cuenta de que no sólo era Él el Autor, Él el Logos escondido en los logoi proféticos, sino también de que debía realizarla como Hombre…