San José, tu primera mirada al despertar tenía que ser hacia el niño Jesús acostado al lado tuyo. Mirada conmovida del hombre adulto hacia este pequeño ser débil, abandonado con confianza a tu vigilancia.

Aun así, este niño vulnerable es Hijo de Dios hecho Hombre, Verbo todopoderoso, y en Él permanece el mundo… ¡Qué misterio!

San José, al postrarme ante la Eucaristía, enséñame a murmurar como tú lo haces, asomado por la cuna del Niño : “ ¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman!”